El viaje en tren fue tedioso. Aunque como adjetivo “tedio” no es suficiente. Se trató de un trayecto de 16 horas, en segunda clase. Asientos rígidos a 90 grados y muchos, muchos, chinos. Más chinos que asientos.

El problema estaba agravado por lo que hacían estos chinos sin asientos: fumar, eructar, tirarse pedos, comer carne de caballo seca, tirar los papeles al piso, volver a eructar, tomar sopa haciendo ruido, fumar y empujar. Todo el tiempo empujándonos. Por suerte la noche llegó temprano y todo el vagón se fue quedando dormido. Como pudimos, intentamos hacer lo mismo pero no hubo forma. La luces del pasillo, los chinos que roncaban, un bebe que lloraba a lo lejos. Pasamos la noche despiertos, mirando por la ventana e intentando ver más allá de la oscuridad.

Estábamos cruzando una de las regiones más interesantes de China. Nos dirigíamos al oeste. Para llegar ahí, además de dos mil kilómetros teníamos que cruzar una de las zonas más desérticas del país.

A lo lejos y con la claridad del amanecer, se veían montañas de tierra colorada, algún que otro árbol solitario sacudido por el viento y alguna que otra piedra. Nada más, era extraño no ver a nadie. A fin de cuentas, son las multitudes de personas el único elemento que acá se repite de provincia a provincia.

El tren avanzaba a unos 150 kilómetros por hora y atrás quedaba la China de Beijing y Shanghái. Las etnias Han, los celulares enormes y brillosos, los caracteres en mandarín, los palitos y el arroz. Delante nuestro, la china del oeste: la provincia de Xinjiang y la minoría étnica de los Uigur, musulmanes descendientes del Turkestán Oriental.

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Muchas veces la naturaleza con su geografía traza la fronteras que la fuerza política se esfuerza por negar. Y este abismo de tierras desérticas que estábamos cruzando era correlativo a la distancia entre la nueva China y su constante dominación para con las etnias que aún intenta subsistir, mantener su cultura y luchar por su independencia en el lejano oeste.

Al igual que en el Tíbet, que visitamos semanas atrás, acá China (el gobierno popular de China) responde de la misma manera: estigmatizando la religión, colonizando la región (enviando más y más chinos Han), reforzando su paternalismo económico y reprimiendo todo acto de “rebeldía”. En el 2009, por ejemplo, el gobierno reprimió y asesinó a 184 personas. Creando un estado de sitio y bloqueando internet.

El paisaje dentro del vagón también comenzó a cambiar. Los chinos comenzaron a bajarse y empezaron a subir otros personajes. Más morochos, con los ojos más redondos y de una contextura corporal más maciza. Muchos lucían chaquetas de pana, fez (gorro islámico) y barba. Las mujeres, ya no eran las flacuchas chinas sino que ahora era señoras corpulentas, con cejas tupidas y muy tetonas. Todas iban con un pañuelo atado en la cabeza. Curiosamente, entre tanto ojo rasgado nos llamó la atención encontrar gente rubia y de ojos redondos, con mucha impronta rusa. Pensamos que se trata de turistas como nosotros, pero no. Ellos eran también de la etnia Uigur. Intuimos que mezclados con soviéticos en los años comunistas. Las estaciones en las que se detenía el tren también cambiaron. Los nombres dejaron de estar en mandarín para comenzar a aparecer en uigur, una lengua persa escrita con caracteres árabes.

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“Estación de Turfán”, decidimos bajarnos ahí. Y lo de bajarnos, esta vez fue literal. Turfán se encuentra en una depresión de 154 metros bajo el nivel del mar. Razón por la cual es un oasis natural en medio del desierto y es una de las zonas más calurosas de China y del planeta.

Para llegar a la ciudad cruzamos una infinidad de viñedos, campos de sandias y de melones. El clima es propicio para todos esas frutas. Caminos de tierra nos llevaron a un barrio de casas de adobe y puestos de pan casero en la vereda.

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El clima tórrido y húmedo se nos hizo imposible. El calor nos obligó a reclutarnos durante el mediodía y sólo pudimos “volver a salir” por la tarde, cuando los niños jugando en la calle y los viejos de barba blanca charlaban en las esquinas. Cerca de las siete decidimos salir a buscar algo para cenar. La costumbre china es comer temprano y a las nueve ya no queda nada abierto. Pero acá eran las ocho y no había rastros de comida por ningún lado. Lo curioso, es que tampoco había señales de atardecer y mucho menos de la noche.

Toda China se rige por la hora de Beijing, a más de 3.000 kilómetros al este. El uso horario acá no tiene ni la más mínima relación con el horario real. A las ocho el sol estaba recién comenzando a marcharse. Se hizo de noche a las diez y a esa hora, se cenó. A las once todavía había algo de claridad a lo lejos.

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Con un amanecer tardío, al día siguiente, decidimos ir a Urumchi. Capital de la región y una de las últimas grandes ciudades de China. Los 200 kilómetros que nos separaban decidimos hacerlo a dedo (autostop). Nos levantó un matrimonio chino. Eran del este, pero vinieron acá en búsqueda de un mejor trabajo. Los sueldos acá son más altos, otra de las sutiles estrategias para seguir metiendo chinos en esta región. Ellos no tenían idea de los Uigur, ni de su cultura ni tradiciones. Sólo dijeron que sus mujeres eran hermosas. Como siempre en China, nos despedimos rápidamente. Nada de abrazos ni palabras dulces.

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La ciudad de Urumchi nos sorprendió y en el mal sentido. Esperábamos encontrar el mismo estilo pueblerino de Turfán. La vida uigur en la calle, las casillas de adobe y con grandes patios internos y las cabras caminando por ahí. Pero no, lo único parecido era el Gran Bazar.

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Pasamos horas ahí. Y no sólo conociendo y descubriendo nuevos sabores sino intentando encontrar que era original (es decir, que sobrevivió a la Revolución Cultural) y que era una copia china barata. Encontramos bastantes diferencias y mucho de lo último. Si hay algo en lo que son buenos los chinos es en arrasar todo lo lindo y auténtico que haya en su territorio. Construir autopistas, edificios, rascacielos, parques y volver a arrasar y construir. Es un país que se sostiene por la construcción, y ni Urumchi ni el bazar fueron la excepción. Los minaretes de las mezquitas compiten con un Carrefour y los puestos de pan intentan abrirse paso entre andamios y chapas mal puestas.

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Llegar a Xinjiang fue entrar a otro mundo. Es curioso como esta región, en antaño, punto neurálgico en la Ruta de la Seda fue asediada hace cientos de años por las hordas mongolas de Gengis Khan, para luego convertirse al islamismo que llegaba desde el oeste, para hoy ser una provincia más de China. Pero no es China, no. Allá la cultura está regida por Alá aunque las mezquitas sean silenciosas y austeras. Los mercados sirven naan cocinado al tandori y todos los menús incluyen cordero. Los supermercados intentan ganarle terreno a los bazares pero no pueden, porque los bazares son parte de la cotidianidad de Asia Central.

Señores y señores, nuestro viaje por Asia Central recién acaba de empezar.